miércoles

San Tamisary de Auyuleo

Tenía dos opciones: o comerme el ombligo o dar unas tres vueltas en el aire y caer de cabeza.
Preferí la segunda opción porque no lo había hecho nunca, el ombligo nunca me cicatrizó lo suficiente y ya le había perdido el miedo a las alturas. Sigo dando vueltas y de verdad que es un ejercicio menos destructivo que lo del ombligo y a la vez infinitamente más placentero, lo que por lo demás no deja de sorprenderme (Dejar de sorprender o simplemente sorprender, me entienden supongo).
Repaso actitudes idas y devueltas, razonamientos irracionables, creencias diminutas y alguno que otro acto de irreverencia y desasosiego. Conclusiones fascinantes: Pasé de ser un hijo de la misantropía experta a un tipo de experimento de hombre felizmente viviente. No fueron por acción de chasquidos ajenos, ni mios. Fueron las mareas enfermizas que retumbaban la carcasa de mi buque de papel y pintado de rouge ,que a menudo me daban la vuelta al asesinato natural, las que me dieron a entender que el buque no era mío, sino el mar completo. Tampoco eran males imaginarios como lo pensaba, incluso lo tangible era mucho más imaginario que todo lo que sucedía entre los ojos, la nuca y las orejas.
A veces me convierto en un zombie dudoso, pero reacciono con la palabra "comer". Me como cualquier tipo de paisaje manchado con tintura gris dada vuelta a propósito por algún bastardo envidioso. Con un rastrillo recojo la maleza, la contemplo y la devoro. Seguirá viajando en mi por mi torrente sanguíneo y será también lógicamente diluida con mis ácidos gástricos, lo sé. Será tan mía que no infundirá el pánico en nadie. Sé que es mío, mi pequeño hijo mañoso.


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